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ArtistRenoir, Samuel Palmer, Giotto: garden:Churrigueresque Psychosomatic Magicalism.
La mañana en que los santos bajaron de la fachada para regar las flores, el obispo comprendió que su muerte llevaba años extraviada entre las páginas de un libro.
Hasta entonces había envejecido con puntualidad: primero las rodillas, después la memoria, por último la voz, que algunas tardes salía de su boca con el acento de su madre. Pero la muerte no llegaba. Los sepultureros habían cobrado por adelantado y ya se habían gastado el dinero.
Frente a él, sentado entre los rosales, el hombre de la barba rojiza sostenía un libro pequeño.
—Le falta una palabra —dijo.
El obispo revisó su volumen. Estaban los nombres de los ángeles, las cuentas del monasterio y una mancha de aceite que había atravesado tres generaciones de teólogos. No encontró ninguna ausencia.
—Aquí está todo.
—Entonces siga leyendo.
Llevaban cincuenta y siete años en aquel jardín. Al principio discutían sobre la eternidad. Después sobre la poda. Ahora se limitaban a leer en voz alta, turnándose cuando uno tenía sed. Los cipreses habían crecido tanto que sus copas amanecían mojadas por lluvias que todavía no llegaban al pueblo.
Cada jueves, una mujer vestida de azul aparecía en la puerta de la iglesia. El obispo suponía que era una visión y bajaba los ojos por modestia. El hombre de la barba rojiza la saludaba con la mano.
Ella esperaba unos minutos y se marchaba.
Aquel jueves los santos dejaron las regaderas junto a las escaleras. Desde sus nichos vacíos cayó un poco de polvo blanco sobre las rosas. La mujer atravesó el jardín y se detuvo ante los dos lectores.
El obispo la reconoció por una cicatriz en el pulgar.
Había sido la muchacha que le vendía ciruelas antes de que él tuviera edad para bendecirlas. Una tarde le había prometido volver. Luego entró en el seminario y durante toda su vida evitó pasar por aquella calle.
—Te he esperado —dijo ella.
El obispo buscó una respuesta en el libro. Pasó las hojas con torpeza, como si acabara de aprender a leer.
El hombre de la barba rojiza cerró el suyo.
Entonces el obispo pronunció el nombre de la mujer, un nombre tan usado en su juventud que nunca había pensado en escribirlo. Al escucharlo, ella soltó el aire que guardaba desde hacía cincuenta y siete años.
Se sentaron juntos en el banco. Él le preguntó por el puesto de ciruelas, por sus hermanas, por el perro que dormía debajo. Ella respondió a todo.
Al caer la tarde, el hombre de la barba rojiza recogió los dos libros y entró en la iglesia. Dejó al obispo en el jardín, escuchando a la mujer con la cabeza apoyada en su hombro.
Los sepultureros tuvieron que trabajar de noche. Les molestó descubrir que, después de tanto esperar, tampoco habría propina.